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Cumpleaños de sangre.

 

“La cocha de su madre”, pensó primero y balbuceo después, disociando la idea de la chuchada para disfrutarla mejor. El mensaje de Alicia, la cuica de la que El Mosca andaba enamorado, le encendió todas las ansiedades. Su amigo estaba en Santiago en algún lugar del barrio Patronato, escondido y esperando que lo ayuden a librar de unos matones que lo andan buscando para cobrarle sangre.

Ernesto Solé estaba de cumpleaños, y empezar el día con un aviso de muerte no entraba en su idea de festejo. Ir al centro a encargar la mercadería para la próxima marea, pasar después por la caleta para tomar unos mates con los colegas, pasar a dejarle un paquete de chicharrones al Flaco Almarza y tomar una cañita de aguardiente con él, después dormir una siesta para recuperar fuerzas y estar listo para la cita con Andrea; una cita especial en ese restorán bonito de Isla Negra, la primera cita como pareja normal frente a la sociedad. En cambio, tendría que salir con urgencia hacia la capital para ayudar a Pablo, estuviese donde fuera y quien sabía en qué condiciones. “Lo primero es hablar con Alicia; que ella me aclare el mensaje de whatsapp”, caviló y volvió a leer en la pantallita de su móvil: “Hola, Ernesto ¿Cómo estás? Te escribo para pedir tu ayuda. Anoche hubo un problema y ahora lo busca un grupo de delincuentes; lo quieren matar. Está escondido en algún lugar de Patronato. Llámame”.

El hombre se levantó de la cama y fue directo al baño, orinó apurado y después se contempló en el pequeño espejo de pared. “Estoy viejo”, pensó. “Creo que me parezco en algo a mi padre”. Buscó en la imagen reflejada a su madre y a sus abuelos, no estaban en la piel ni en la forma de los huesos, pero creyó reconocerlos en las pupilas oscuras, nocturnas como el fondo del mar. 

El bus se estacionó en el terminal Alameda a las 11:15 de la mañana, desde ahí hasta Patronato no demoró más de 20 minutos, tiempo que usó para continuar hablando con El Mosca, a quien había contactado mientras desayunaba. La historia era sencilla, nada peculiar respecto a la intensa vida que su amigo y él mismo habían recorrido. −El tipo de la mesa del fondo, la que estaba cerca de la puerta de entrada al local−le contó El Mosca −me estuvo mirando desafiante por largo rato, no recuerdo cuanto porque estaba con Alicia, y te prometo que había química entre nosotros− Ernesto Solé escuchaba atento la voz de su compañero.

−Me hubieses visto ahí con ella compita−siguió diciendo Contreras −ya le tocaba yo la cintura cada cierto rato, con cualquier pretexto, tú sabes cómo es eso, y ella me respondía cada tanto con su manito linda en el pecho, en el pecho pues compita, tiene que haber sentido mi corazón convertido en motor explotando una y otra vez por ella. Entonces de repente estaba el huevón parado al lado de ella. Le acercó la cara pa decirle algo, con cara de caliente el huevón, putas que me dio rabia compita, y tú sabes que me voy a negro y que venga el tumbo y que corra chocolate, pero respiré y me calmé porque estaba con ella, y es mujer fina y no está acostumbrada a esas cosas, entonces le dije al gallo que qué quería y ahí hubo unas palabreadas− Ernesto pidió a Pablo que siguiera con el relato.

−Es tan elegante ella oiga, era una actriz en una película ahí en la barra del local ese, entre las jarras de arreglado y la cueca y los boleros; y el huevón ese vino a webearme justo cuando pensaba ponerle un beso en su boquita linda a ella. Entonces vi de reojo que se metía la mano al bolsillo de su chaqueta, tú sabes cómo es eso pues, uno sabe cuándo la cosa viene con maldad, te prometo que le vi la mirada y el huevón me iba a cagar, entonces le pegué con el hombro, fuerte compita, si hasta sentí que le crujían los dientes. Ahí se calmó, dijo 3 huevadas y se fue con la cola entre las piernas−. 

Ernesto Solé se guio con las indicaciones de su móvil, una a una fue siguiendo las indicaciones de la voz electrónica hasta dar con la dirección que buscaba. Era un portón de latón en un muro de ladrillos fiscales, parecía el acceso a un patio o un galpón. Pasó de largo sin detenerse, fingiendo que era sólo un transeúnte más de esa calle, poniendo atención a las personas del entorno, buscó en sus gestos, en sus modales y hasta en sus comportamientos cualquier indicio que le hiciera saber que correspondían a alguno de los matones que andaban tras su amigo. Dio una vuelta completa a la manzana hasta volver a entrar a la calle y avanzar hasta el portón, golpeó entonces con fuerza una vez, esperó un tiempo prudente y golpeó aún más fuerte. Miró a su alrededor para cerciorarse de no estar siendo vigilado. Recordó entonces la frase de Pablo: “tú sabes que me voy a negro y que venga el tumbo…”, pero esta vez no se había ido a negro, se había controlado para agradarle a ella. Cuando el huevón se fue, quedamos tranquilos ahí compita, te lo prometo, y Alicia no se dio cuenta del tatequieto que le puse al gallo, pero ya se había enfriado todo, como que el huevón rompió la magia. Igual ella me dijo que volviéramos a vernos antes de la marea− Solé recibió la última frase con incredulidad, ¿Qué iba a hacer Alicia en una de sus mareas?

 − ¿Cómo?, ¿qué no te he dicho nada de la marea? Si pues, nos va a arrendar La Jorobada para ir a algún lugar a la cuadra de Quintay, algo tiene que ver con Navarro y La Orca, compita− Su amigo Pablo El Mosca Contreras sabía ser convincente −Le aseguro que esta minita es el amor de mi vida, si no hubiese sido por el huevón ya estaría pololeando conmigo. Fíjate que cuando se fue me dio un beso en la mejilla, pero uno bonito pues, sentí la carne de su boquita en mi mejilla. Me sentí hasta solo cuando se fue, se subió a un taxi y me quedé conversando un rato más con el mesonero, ahí me tomé una piscola con él mientras hablábamos de la bacteria mutante esa que ha matado a un montón de gente allá en Chiloé y Puerto Montt. Y ahí fue pues, me despedí de él y salí tranquilito del local; doblé hacia el sur pensando en caminar hasta la Alameda, y de ahí irme a Estación Central para ubicar alguna residencial, pero alcancé a caminar una cuadra nomás, porque ahí me lo encontré al huevón, estaba con 2 gallos más. Yo iba caminando piola cuando de repente se me cruza este loco, justo al frente mío, flanqueado por los 2 matones, y me dijo algo así como que me bajara de la lancha, que no fuera pa Quintay, fue tan raro compita, porque unos minutos antes habíamos estado conversando con Alicia de esa marea que quiere hacer− Nuevamente la navegación al área de Quintay, pensó en silencio Ernesto ¿Qué asuntos empujaban a Alicia a moverse hasta esa zona?

Ahí me apuntó el huevón, directo al pecho, pero se anunció mucho buscando el fierro en el bolsillo, además era una matagatos del 22 así es que no lo pensé mucho,  yo tenía mi hoja en la cintura me moví a un lado y piché profundo a uno de los matones en el muslo, ahí el huevón se dobló y se quedó quieto, pero se me tiró el otro encima, a ese tuve que pincharlo donde cayera no más, y cayó en la panza compita, se hundió como si fuera mantequilla en ese cuerpo compita, entonces sentí dos balazos, pero ni cerca pasaron, debe haber estado nervioso el huevón, o no sabía lo que hacía; después corrí nomás, no me quedaba otra, doblé para un lado y después para otro, atrás venía una patota, no sé de dónde salieron. Al final los perdí y me metí acá. Véngase rápido por favor, ya me quiero ir a la caleta. 

Volvió a golpear con energía, luego aguzó el oído, entonces escuchó unos pasos veloces caminando sobre tierra y guijarros. Se descorrió un pasaporte de fierro y una de las hojas del pesado portón se abrió lo justo para dejar pasar a una persona. −Pase compita, pase rápido−, escuchó que le decía Pablo El Mosca Contreras con voz acelerada. De un solo paso largo se instaló en el patio de tierra; podían verse tambores de 200 litros por todas partes y hacia el fondo del terreno un container de 20 pies, color naranjo. −Que chucha compañero− reclamó Ernesto. El picaporte de hierro volvió a clausurar el portón.

−Era él o yo, no me quedó más que hacer−

−Pero ¿quién era ese tipo?, ¿tienes algo pendiente con alguien? −

−Nada. Me andaba buscando en el local ese: La Milla. Alicia es testigo, compita−.

−Ya, lo que debemos hacer ahora es salir de acá, pero nos falta un auto− reflexionó− ¿tienes donde conseguir uno?

El Mosca miró alrededor, invitando con el gesto a que Solé hiciera lo mismo y tomara conciencia de que estaban en un peladero rodeados de tambores.

−Okey, buscaremos uno, ahora cómo llegaste hasta acá, ¿es un lugar seguro? −La pregunta de Ernesto recordó los años en los que ambos se movían por la costa de Chile como insurgentes.

−Si, este patio es de Pigmeat; lo conocí una vez que le hicimos un trabajo a don Antonio, esa vez vinimos con Navarro a cargar tambores para llevarlos al puerto de San Antonio−

−Si, lo recuerdo, yo no vine aquella vez; después siguió Navarro con este trabajo−

El Mosca dio un golpe con la palma de la mano sobre la tapa de uno de los tambores−Pesados, muy pesados los cabrones− afirmó mirando las decenas de cilindros−tuvimos que moverlos con cargadores especiales, ¡casi media tonelada cada uno compita!

−Bueno, en el camino a El Quisco me puedes ir platicando lo que quieras, ahora voy a buscar ese auto −ordenó Ernesto Solé, tajantemente − Vamos a hacer lo mismo que hice hace muchos años cuando moví a Gladys Villarroel. 

Una vez volvió a la calle, Ernesto Solé se alejó algunas cuadras caminando hacia el este, las suficientes como para encontrar un lugar que le diera esa frágil sensación de seguridad que permite que los movimientos sean fluidos. Avanzó por calle Chena hasta Domínica, donde dobló a la derecha, de ahí derecho hasta Bombero Núñez, la calle estaba vacía, sólo un quiltro gordo descansando a los pies de un árbol escuálido. Fijó su atención en un vehículo de 4 puertas, uno lo suficientemente antiguo como para suponer que sus dueños no habrían gastado un dineral en alarmas y seguridad tecnológica y lo suficientemente nuevo como para pensar que no los dejaría botados en medio del escape.

Rompió la luneta trasera, entró al automóvil, se mantuvo agazapado hasta que comprobó que la calle estaba despejada como para llegar al menos hasta Santa Filomena, aguardó un minuto, quizá dos, encontró el momento indicado, encendió el auto y salió disparado hacia el sur, dobló a la derecha hasta Palestina y de ahí al norte hasta Buenos Aires. En unas cuantas vueltas y giros más ya estaba cerca del sitio, bajó la velocidad para encarar calle Rengifo, por donde entró derecho y calmadamente. Estacionó afuera del portón metálico y aceleró el motor a fondo 3 veces, la señal para que Mosca saliera. El portón se abrió y salió Contreras, para tirarse cruzado en el asiento de atrás. Solé aceleró suave y se enfiló hacia el cerro Blanco para llegar a Santos Dumont e intentar arrancar hacia el poniente. Bajó la velocidad al llegar a la esquina, embragó el motor y dobló a la izquierda. Sintió la mirada de un hombre de piel color mantequilla, los ojos del tipo se cruzaron con los suyos, después movió la mirada al asiento de atrás, entonces el tipo sacó una pistola automática de su ingle y apuntó a la puerta trasera del vehículo. Ernesto Solé enganchó en segunda y pisó el acelerador, escuchó uno, dos detonaciones y dos impactos, el primero en la puerta y el segundo en el parachoques trasero, luego varias detonaciones más que no dieron en el blanco. Miró por el retrovisor y vio al tipo, ahora lo acompañaba un hombre de piel obscura que hablaba por teléfono. Por unos segundos eternos sólo se escuchó el motor del vehículo zumbando afiebrado. Después de los balazos el tiempo parece cristalizarse, en cada disparo se alumbra la cara de la muerte, o en el mejor de los casos de la sangre que antecede el dolor y el fin del todo. Finalmente, la voz de su amigo rompió la angustia desesperada−Puta madre el huevón pa chueco−dijo Contreras y ambos hombres rompieron en carcajadas. 

Abandonaron el vehículo en las inmediaciones de Santo Domingo con Matucana, de ahí se echaron a andar por el parque Quinta Normal hacia el sur hasta cruzarlo completamente y andar unas cuadras más, siempre al sur, hasta llegar al terminal de buses Alameda. El viaje hasta El Quisco transcurrió tranquilo, Pablo El Mosca Contreras durmió los 90 minutos del trayecto, Ernesto Solé en cambio se mantuvo despierto, repasando los eventos de hace unas horas, ¿cómo diablos una cita con una mujer sofisticada como esa terminó en semejante desangre?, ¿culpa del barrio, del alcohol, de la cueca?, ¿Habrá en el mundo un tipo con mayor mala suerte que El Mosca?, pero algo no cuadraba del todo, un tipo de aspecto y modales más bien refinados, sin conocimiento de las mañas de quienes han andado los caminos difíciles de la vida había comenzado todo el desmadre, no tenía porque dudar de su amigo, el hombre del bar no encajaba, quizá un demente, un loquito descompensado, terminó por concluir. 

El atardecer lo encontró en su cabaña. esperando la llamada de Andrea. Habían quedado de hablar para coordinar la cena en Isla Negra −No me llames tu−le había dicho ella−yo te llamo, déjame decirle a Francisco Javier que estoy contigo−así es que ahí estaba él, esperando por la llamada de ella. Miró hacia el oeste desde el entablado del balcón, el arrebol de otoño se mostraba magnífico con un sol anaranjado cruzado horizontalmente por algunas nubes alargadas. Buscó un periódico viejo para leer y pasar el rato, los titulares le parecieron ridículos, cuando lo más interesante comienza a ser el horóscopo es que nos fuimos a la mierda, pensó algo irritado. Dormitó un tiempo indefinido hasta que decidió moverse, observó el reloj en la pared y vio que eran las 22 horas. Ya no me llamó, se dijo pensando en voz alta, de seguro lo intentó cuando yo andaba en Santiago con los atados de El Mosca. Se lamentó un breve instante por su suerte y se dispuso a acostarse, día de mierda, volvió a pensar en voz alta. Entonces escuchó que alguien llamaba a la puerta, tres golpes en el medio de la noche ¡Andrea había llegado!, un poco de amor entre tanta locura, pensó, después de todo no me falló, dijo en un tercer pensamiento hablado, mientras caminaba hacia la puerta de entrada. −Hola chinita−dijo con voz fuerte antes de abrir la puerta−Hola pues Solé−escuchó cuando la puerta ya estaba entreabierta. Ahí fue que vio al Flaco Almarza, con su nariz prominente y los poros abiertos por la cirrosis, de pie en la entrada de su casa con una botella de pisco en la mano.

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